Te contaré mi última pesadilla...

13/Junio/Lunes...Mi ventanal estaba decorado de un abrumante gris, de aquel gris que tanto me gusta porque me recuerda a mi húmeda infancia. El árbol de los tristes momentos me saludó con amabilidad mientras yo, con la mirada perdida, pensaba en él, en el ángel que robaba la parcialidad absoluta de mis pensamientos...orgiásticos, comestibles, dulces y mordaces; ¿cómo sería mi vida si sus ojos descubrieran estos ojos?, ¿cómo sería mi mundo si supiera que su mundo no queda tan lejos del mio como creo que piensa?, ¿cómo sería el mañana si me decido a hablar?. No tuve tiempo a formular una nueva pregunta porque en ese preciso momento el mañana fue violado por el ayer, una voz, la más seductora que había escuchado en la vida, perforó con su ácido sopor mis fragelados oidos. Tío Alejandro. Papá y mamá reían al compás de sus mugrientos cuentos fantásticos mientras yo, encerrado en mi templo de mármol añoraba jamás volver a oir las palabras que a continuación oí: "¡tu tío quiere verte!. Ya sabía el fin de la historia: Con la mirada fijamente perdida y una sonrisa un tanto más podrida que ayer, salí de mi templo para emprender una batalla con el cruel destino que creo haber forjado; ahí estaba tío Alejandro, con su sonrisa de cristal y su típico olor a cigarro barato. Hubo un contacto no visual, no corporal, no hablado, pero si esperado, siempre esperado. A continuación, siguiendo el guión habitual, mis padres con esmero se plantean raudos en la empresa de ir de por los manjares más absurdos para satisfacer al malhermoso ser que está sentado frente a mí - ambos sabemos que es el reloj y el poder lo que lo satisface y no los manjares, o bien su manjar es el tiempo-. Como siempre, comentó la belleza de mis ojos, que a esas alturas se posaban en el suelo como si fuese a encontrar una varita mágica para transformarlo en un paragüas para escapar corriendo por entre la lluvia que azotaba el tejado....no escuché nada más que sus implacables susurros mientras una vez más sentía como la miseria más dulce penetraba mi cuerpo, hiriendo en cada una de sus puñaladas las alas con las que anhelaba alcanzar a mi ángel soñado. Sus últimas palabras fueron: "Que tu inocencia siga intacta, que así me gusta más". Estaba pagando cada una de mis culpas, lo sabía, debería correr contra el más frío viento polar por mucho tiempo más. Al menos por ese día mi pesadilla había terminado, llegó la hora de dormir.

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